Yo recomiendo películas. Eso es lo que hago. Y aun así, este fin de semana tuvo estructura de guion: personaje, obstáculo, escena de vestuario en el segundo acto y un cierre de locos que todavía me tiene dudando si realmente pasó.
La invitación venía de Howie Dorough, así que uno asume que todo va a girar alrededor del concierto de Backstreet Boys en la Esfera. Y giró. Pero lo que me quedó pegado pasó antes, en una sala con café y con poca gente. Las suficientes para que entre canción y canción él se pusiera a contar su historia sin que aquello pareciera una rueda de prensa.
Le pusieron Cafecito con Howie, y el nombre le queda.
LA RANA
Howie fue a hablar de “Coquí”, su primer sencillo en solitario completamente en español. Salió el 18 de junio, después de estrenarse en exclusiva por Billboard. Dura poco menos de tres minutos, lo escribió el compositor dominicano Darlin, y suena a afrobeats con el mar de fondo y con el canto de un coquí, esa rana diminuta que en Puerto Rico funciona como bandera. El video se grabó en San Juan.
Nada de eso explica por qué el tema existe. La explicación es su mamá.
Paula Flores-Dorough es puertorriqueña y trabajó en escuelas. Su papá, Hoke, era de Georgia. Howie nació en Orlando, es el menor de cinco hermanos y creció en una casa donde el español no era el idioma por defecto. Las visitas a la isla sí eran de todos los años, y ese sonido nocturno de los coquíes se le quedó puesto desde niño.
A los 52 años decidió hacer una canción con eso.
LO QUE PASÓ EN ESA SALA
Contó lo que le costó grabarla. Que tuvo que reentrenar la lengua. Que lo corrigieron cientos de veces. Que se sintió como un niño aprendiendo a hablar y que no estaba dispuesto a aceptar mediocridad, porque quería que sonara suyo.
Y entonces la cantó. “Coquí” completa, ahí mismo, a metro y medio de la gente, sin pantalla y sin producción.
Después habló de su mamá, y ahí cambió el tono de la sala. Dejó claro que ella es la razón de esta etapa nueva. No el homenaje decorativo: la razón.
Y le dedicó “Spanish Eyes”, que está en Millennium, el disco de Backstreet Boys de 1999.
Piénselo un segundo. Un tema que grabó a los veinticinco años, escrito por productores suecos para una boy band estadounidense, y veintisiete años después lo saca del catálogo para cantarle a su mamá de 92 años en una sala de Las Vegas donde cabíamos todos sentados. Se le fue la voz. Se le aguaron los ojos y no lo disimuló.
He visto muchas escenas montadas para que alguien parezca humano. Esa no lo era.
LA ESFERA
Esa noche, la Esfera.
El edificio empieza a trabajar antes de que uno entre. La fachada esférica proyecta imágenes que se ven desde media ciudad. Adentro, la pantalla envolvente cubre 160.000 pies cuadrados y elimina el punto de fuga: mire donde mire, hay imagen. Las butacas vibran. Caben casi dieciocho mil personas.
Lo que más me sorprendió es que la tecnología dura poco como protagonista. A los diez minutos uno deja de mirar la pantalla y empieza a escuchar la canción. En un edificio de 2.300 millones de dólares, eso es lo más difícil de lograr.
El show abre con “Larger Than Life” y de ahí no baja. Recorren Millennium y treinta años de éxitos, con dos pasarelas que se meten en el público y una plataforma que los levanta por encima de todo el mundo. Poco menos de dos horas.
Los cinco cantan. Quien haya visto suficientes giras de reunión sabe que ese detalle no es menor.
EL BLANCO
Lo que hace distinto a ese concierto va mucho más allá del escenario, que en sí mismo ya es bastante.
La portada de Millennium es una foto de los cinco vestidos de blanco. La banda le pidió al público que fuera igual. Y el público fue.
Uno se da cuenta desde la tarde. En el Venetian, en los pasillos, en el casino, hay gente de blanco por todas partes. Nadie los obliga, nadie cobra extra, nadie revisa nada en la puerta. Van de blanco porque quieren pertenecer a algo esa noche.
Y funciona como contraseña. Uno se cruza con un desconocido vestido igual y ya sabe a dónde va y por qué. Hay mamás con hijas adolescentes, grupos de amigas que claramente viajaron juntas, hombres de cuarenta y tantos cantando cada palabra sin una gota de vergüenza (yo, por ejemplo).
La residencia lleva más de 575.000 espectadores acumulados y decenas de funciones agotadas. Eso sale en los comunicados. Lo que no sale es que la gente viaja para encontrarse con otra gente que quiere lo mismo.
LO QUE UNE LAS DOS COSAS
En la sala del cafecito cabíamos todos sentados. En la Esfera, casi dieciocho mil personas. Las dos escenas iban de lo mismo: un tipo (y luego cinco) tratando de decirle a alguien que lo quiere, con lo único que sabe hacer.
Con su mamá, A Howie le salió una canción nueva en un idioma que tuvo que reaprender y en donde incluso la nombra, y también una vieja de 1999 sacada del cajón de los recuerdos y que le dedicó desde el corazón. Con el público y sus compañeros de banda, en cambio, le salió una residencia que empezó con nueve fechas, ya lleva más de cincuenta y vuelve en diciembre.

Si esto fuera una película, el crítico diría que el segundo acto es más grande, pero que la escena que uno recuerda es la pequeña. Y tendría razón.
Del fin de semana entero, lo que me sigue sonando es una rana. anda a escuchar “Coquí” en todas las plataformas digitales, y me cuentas que tal.
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