A veces conocemos a alguien que parece tener muchas de las características que decíamos estar buscando en una pareja. Es una persona consistente, se comunica, no desaparece durante días para regresar como si nada hubiera ocurrido. No convierte cada desacuerdo en una batalla, ni utiliza los celos como prueba de amor. Sin embargo algo parece faltar, nos produce incertidumbre, y no nos sentimos cómodos con la tranquilidad que intenta transmitirnos.
Por supuesto, algunas veces la explicación es simplemente no existe conexión. Que alguien sea una buena persona no significa que tenga que gustarnos, ni que debamos construir una relación con ella. Pero otras veces vale la pena preguntarnos, si lo que sentimos es aburrimiento y falta de conexión, o si estamos experimentando una forma de tranquilidad a la que no estamos acostumbrados.
LO FAMILIAR NO SIEMPRE ES LO QUE NOS HACE BIEN
Los seres humanos aprendemos también a través de la repetición. Nuestras experiencias familiares, amistades, primeras relaciones y vínculos posteriores van construyendo expectativas sobre cómo se siente la cercanía, cómo se resuelven los conflictos y qué comportamientos reconocemos como normales dentro de una relación. Sin embargo, aquello a lo que estamos familiarizados no necesariamente es sinónimo de saludable.
Si durante mucho tiempo hemos asociado las relaciones con incertidumbre, discusiones frecuentes, reconciliaciones intensas, celos, períodos de distancia y acercamiento o la necesidad constante de confirmar qué siente la otra persona, podemos terminar acostumbrándonos a un nivel muy alto de intensidad. Entonces cuando aparece alguien que no genera esa incertidumbre nos sentimos extraños, y nos cuesta encontrarnos en esa situación. No necesariamente porque deseemos conscientemente relaciones conflictivas, sino porque nuestro mapa de lo conocido fue construido en ese territorio.
INTENSIDAD NO SIEMPRE SIGNIFICA INTIMIDAD
Una relación llena de altibajos puede producir emociones muy intensas. Una discusión puede hacernos sentir que todo está por terminar. Una reconciliación puede sentirse extraordinariamente poderosa. Después de horas o días de incertidumbre, recibir nuevamente atención genera alivio. Este contraste puede confundirse fácilmente con la profundidad emocional. La intimidad se construye en conversaciones que no terminan en gritos, en saber que podemos expresar una necesidad sin que la otra persona amenace con marcharse, en confiar en que un desacuerdo no significa el final de la relación y en poder tener vidas individuales sin utilizar la distancia como castigo. Pero estas experiencias no producen la misma montaña rusa emocional, y por eso pueden parecernos menos emocionantes.
CUANDO NOSOTROS MISMOS PROVOCAMOS EL RUIDO
Hay otra posibilidad todavía más incómoda de observar. A veces, cuando una relación permanece demasiado tranquila, somos nosotros quienes comenzamos a generar la incertidumbre que conocemos. Podemos interpretar silencios como rechazo, buscar significados ocultos donde no necesariamente los hay, incluso provocar discusiones para comprobar si la otra persona luchará por quedarse. Lo más curioso de esto es que la mayor parte del tiempo ni siquiera somos conscientes de lo que estamos haciendo.
Es importante aclarar que una relación saludable no es una relación donde nadie se enoja, nadie se equivoca y todas las conversaciones ocurren mientras dos personas sonríen serenamente frente a una taza de té. Esto no es paz, es ficción. Las relaciones reales tienen desacuerdos, frustraciones, necesidades diferentes, momentos difíciles y conversaciones incómodas. La diferencia esta en aprender a discutir sin humillar, a estar en desacuerdo sin intentar destruir al otro, a pedir espacio sin utilizar el silencio como castigo. Podemos sentir celos, sin convertirlos en control, equivocarnos, asumir responsabilidad, reparar y aprender. Estar en una relacion estable, no elimina el conflicto, lo que cambia es la manera en la que nos relacionamos con ese conflicto y cómo lo superamos.

Quizás una de las partes más difíciles de abandonar ciertos patrones sea aceptar que aquello que queremos construir puede no sentirse inmediatamente como aquello que conocemos. Al principio puede faltarnos esa sensación de urgencia, esa necesidad de comprobar constantemente dónde estamos parados, ese ciclo de conflicto y reconciliación que durante mucho tiempo interpretamos como pasión, pero poco a poco podemos comenzar a descubrir otras formas de emoción. La emoción de sentirnos realmente conocidos, de poder bajar la guardia, de saber que podemos decir lo que pensamos.
La paz no es aburrida, es necesaria para que la relación pueda prosperar, que sea un idioma que aún no hablamos, no significa que no podamos aprenderlo. El primer paso es escucharnos a nosotros mismos y entender que no todo lo que acelera nuestro corazón es amor.
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