Durante los primeros años de nuestra vida, aprendemos las respuestas antes de haber tenido siquiera la oportunidad de hacernos las preguntas, aprendemos qué está bien y qué está mal, qué significa tener éxito, cómo debería verse una familia, qué profesiones son respetables, qué comportamientos son apropiados, qué ideas son aceptables, qué personas se parecen a nosotros y cuáles parecen pertenecer a mundos completamente diferentes. Aprendemos tradiciones, valores, creencias, costumbres, maneras de relacionarnos y formas de interpretar aquello que ocurre a nuestro alrededor.
Es inevitable, nadie llega al mundo con una visión propia completamente formada. Primero conocemos la vida a través de quienes nos crían, de nuestra familia, nuestra cultura, nuestra comunidad, la escuela y el momento histórico en los que nos toca crecer, y muchas de esas cosas heredadas pueden acompañarnos toda la vida, quizás conservemos las tradiciones familiares, determinados valores, una manera de celebrar, una receta, una religión, una forma de entender la amistad o esa costumbre de sentarnos todos juntos alrededor de una mesa. Hay herencias que elegimos conservar porque cuando tenemos edad suficiente para examinarlas, descubrimos que también nos representan, pero tarde o temprano, hay una pregunta que está bueno hacernos: ¿Cuánto de lo que creo que soy realmente, lo elegí yo?…
Una creencia puede vivir dentro de nosotros sin haber sido elegida conscientemente por nosotros. Esto no significa que alguien nos haya engañado, ni que nuestra familia haya hecho algo necesariamente incorrecto, significa que así funciona, en buena medida, el crecer.
Cuando somos niños no solemos analizar si la interpretación que nuestros padres hacen del mundo es la que funciona para nosotros, simplemente aprendemos que así es el mundo y con esas primeras definiciones empezamos a construirnos, el problema aparece cuando confundimos una conclusión heredada con una conclusión propia, sin habernos dado nunca la oportunidad de comprobar la diferencia.
Crecer nos expone a algo que durante la infancia todavía tenemos de manera limitada: la experiencia propia, y cuando nos permitimos experimentar por nosotros mismos, puede ocurrir algo fascinante: que la experiencia contradiga a la herencia, y de pronto una persona perteneciente a un mundo que considerábamos completamente ajeno resulta tener muchísimo en común con nosotros, una idea que habíamos descartado empieza a parecernos razonable, una actividad que creíamos que jamás disfrutaríamos nos fascina, o una profesión que nunca habíamos considerado despierta nuestra curiosidad.
Entonces: ¿Cuántas cosas decidimos que no eran para nosotros antes de darnos la oportunidad de conocerlas y explorarlas? Cuestionarnos esto, no implica el rechazar lo que recibimos de nuestras familias o nuestro entorno porque explorar no es traicionar, cuestionar tampoco implica descartar, podemos llegar también a la conclusión de que queremos quedarnos con aquello que recibimos. Y esto aplica a todas las áreas de nuestra vida, podemos estudiar otras ideas políticas y terminar confirmando las que aprendimos en casa, o llegar a conclusiones completamente diferentes, explorar nuestra espiritualidad y escoger la religión de nuestra familia, elegir otra o descubrir que no queremos ninguna, podemos preguntarnos qué significa para nosotros el amor, la familia, el éxito, la maternidad, la paternidad, la carrera profesional o nuestra propia identidad. Lo bueno es que después de haberlo examinado, los conceptos, las ideas, las creencias nos representan a nosotros como individuos y no a los demás.
Uno de los momentos en los que este proceso se vuelve más visible es la adolescencia, porque cuando aparecen otros referentes, como los amigos, empezamos a cuestionar el universo familiar, pero también la música, los libros, el cine y el arte en general, nos permiten explorar otras formas de pensar y ver el mundo, entonces una opinión que parecía indiscutible en casa es puesta bajo interrogatorio.
Para algunos padres esta puede ser una experiencia difícil, lo cierto es que criar a una persona capaz de pensar por sí misma, implica aceptar que, tarde o temprano, utilizará esa capacidad para examinar también aquello que nosotros le enseñamos. Muchas veces en la inconsistencia de la adolescencia, ese empezar una actividad y luego dejarla para empezar otra, no es necesariamente inconsistencia, sino exploración y descubrimiento. Todo esto es necesario para el desarrollo del criterio propio; por supuesto con sentido común, a los adolescentes también hay que fomentarles el compromiso con las cosas que emprenden.
Es super importante entender que no terminamos de conocernos a los dieciocho, seguimos descubriendonos durante toda la vida, a los veinte y tantos podemos descubrir que la que creiamos era nuestra profesión en realidad no resuena tanto con nosotros, a los treinta y tantos entender que el éxito en realidad significa algo completamente distinto a lo que pensabamos y asi con todo en nuestra vida, y a lo largo de la misma. No importa la edad siempre podamos descubrir cosas sobre nosotros mismos que años atrás, habríamos considerado ajenas.
La idea de que debemos construir una identidad y mantenerla en el tiempo es a mi forma de pensar completamente falsa, somos obras en desarrollo constante, no le debemos fidelidad eterna a una versión anterior de nosotros mismos, esto no significa que antes fuéramos falsos, significa que no teníamos la información que hoy tenemos, ni habíamos tenido las experiencias que nos dieron acceso a esa información. Una versión nueva de nosotros, no invalida a la anterior, solo reconoce nuestra capacidad de aprendizaje, y es por eso que debemos mirar con gentileza y respeto a nuestras versiones anteriores, ya que todas forman parte de nosotros y de nuestra evolución.

El autodescubrimiento tiene una parte menos cómoda: algunas veces, cuando miramos hacia atrás, encontramos pensamientos, prejuicios, decisiones o comportamientos que hoy no nos representan, pero que en su momento tampoco teníamos información suficiente para analizar de otra manera, esto no significa que debamos justificar aquello con lo que hicimos daño ni evitar responsabilizarnos, si corresponde reparar, pedir disculpas o reconocer un error, podemos hacerlo, pero responsabilizarnos por nuestra historia no requiere odiar a todas las versiones que fuimos antes de llegar hasta aquí, y la principal razón para vernos con gentileza es reconocer que vamos a volver a equivocarnos y que la versión que habitamos actualmente va a volver a cambiar.
Conocernos no significa llegar a un lugar específico, sino mantener abierta una conversación interna que nos permita descubrir a ese extraño, que nos acompaña desde el principio y con quien compartiremos toda la vida, nosotros mismos.
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